Cuentos La Cueva

24/11/08

Clarividencia (cuento de Luis Zuñiga)

—Puedo ver una criatura escondida dentro de ese árbol. Sé que tiene un solo ojo. No sé si es un animal o un cíclope. Nos está pidiendo que lo dejemos tranquilo. Dice que tiene poderes sobrenaturales. Que incluso, puede controlar el tiempo.—Matémosla—Dice que nos acaba de matar.

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Jabón (cuento de Iván Hernández)

En esos segundos que transcurren entre el sueño y la vigilia, volvió a ver la imagen que lo había obsesionado durante sus años como estudiante de artes gráficas: la de un hombre fugitivo que cerraba la puerta de una habitación vacía dispuesto a no abrirla otra vez jamás. Sobresaltado, se despertó sin abrir los ojos y cuando dos o tres segundos más tarde su oído se terminó de espabilar, distinguió el murmullo de la radio y el salto del temporizador del horno micro-hondas en la cocina. Aunque su cabeza seguía lenta, debido a una resaca alcohólica y amatoria, pudo reunir la cantidad suficiente de datos para entender porqué seguía en la cama: Maira: en el trabajo. Arena en la cama: traída de la playa. Cuaderno de dibujo en la mesa de noche: aún sin abrir, comprado hace un par de semanas para demostrar el talento. Ruidos externos: el medio hermano de Maira, que debió haberse ido hace dos días. Y las razones para estar aquí: haber sido echado de un departamento y de una agencia de publicidad en poco tiempo y el subsidio generoso aunque temporal de su amante. Pero todo esto ya lo sabía, lo que ahora importaba era retener la imagen del fugitivo que había aparecido en el entresueño. Se levantó deprisa y fue hasta la mesa. Al pasar el lápiz por el papel lo interrumpieron probables diseños de anuncios de escaleras y pinturas, de agencias inmobiliarias, o colchones, luego las habitaciones de alquiler, cuatro o cinco, que había compartido con Maira antes de que ella lo invitara a compartir un departamento de tres habitaciones en una sexta planta sin ascensor. Demasiado tarde: el hombre del sueño se había esfumado. Quizá, si algún día lograra dibujarlo… Además de la alcoba había una habitación para huéspedes y un cuarto que funcionaba como bodega para lo que ella llamaba genéricamente “mis negocios”. En él guardaba cajas, algunas joyas de fantasía, televisiones, vestidos, canastas vacías, maquillajes, esmaltes de colores para las uñas y juguetes de peluche cubiertos con mantas eléctricas y cobijas sobre las cuales había un anuncio que decía: NO TOCAR pero que él había tocado en una de sus mañanas sin inspiración en que no se le antojaba salir a dar paseos.

Domínguez, el universitario y becado medio hermano de Maira para mayores señas, seguía allí. El cansancio causado por las doce horas del regreso en un autobús de segunda y su decepción por el resultado del viaje lo habían hecho olvidar el saludo torpe y sudoroso que Domínguez había intercambiado con él la mañana que lo conoció en la sala comedor del departamento. “Mi hermanito del alma”, lo llamaba Maira cada vez que hablaba de él. “Dime Domínguez” fueron sus primeras palabras. Recostado en el sillón, practicaba su papel impostado de anfitrión que recibe visitas y no de familiar invitado a pasar unos días solo en el departamento de su (media) hermana, mientras ésta y su novio pasan tres semanas en las playas de Oaxaca.
Dispuesto a mantenerse encerrado para no tener que cruzar palabra alguna con su cuñado en turno, volvió a la cama. Intentó reconstruir cada una de las frases que Maira había dicho sobre la estancia de Domínguez. En ninguna de ellas aparecía la frase “por unos días” o por lo menos el adjetivo “temporal”, pero tampoco condicionales como “hasta que…” Aunque ahora tendría motivos para reñirla por teléfono, era Maira la que, con sus arrebatos y desapariciones, decidía el comienzo y el fin de una pelea. Era ella también la que lo había impulsado a dejar su empleo a los 30 años para desarrollar su “potencial creativo”. Suya era la voz ágil y equívoca que había omitido mencionar la estancia larga de su hermano. Todas esas voces eran Maira, además de la cabellera rizada atada a una cinta negra, las uñas verdes o amarillas, el vestido de flores y los zapatos de plataforma. Aunque deseaba recordarla de cuerpo entero, se le desvanecía de pronto como el hombre del sueño y sólo veía el anillo de obsidiana en uno de sus dedos, movido por sus dedos, mientras pedía un favor o solicitar una caricia. A esa hora, en que estaba echado en la cama sin poder salir, empezaba su enfado y Maira se convertía en la hábil “estilista” y “empresaria”, como ella misma se llamaba, que había aceptado cargar con la renta de un departamento mientras él desarrollaba su potencial creativo y conseguía un nuevo trabajo.
Las doce horas de viaje lo habían agotado. Lo único que podía hacer era intentar trazar un retrato, o un intento de anuncio, para no perder el pulso. Vio su cuaderno mate sobre la mesa de noche. Podía intentarlo otra vez, por lo menos mientras llegaba la hora de llamar a Maira a la salida de su trabajo. Uno, dos trazos, y después decidió que si empezaba a trabajar sus recuerdos sobre el viaje desaparecerían bajo sus ideas y no quería recordar otra cosa que los días y las noches tan largos en la playa en los que a su juicio había conseguido ser un buen amante, un buen conversador, en suma, un buen acompañante. Noche y día acompañado de Maira… y del exbeisbolista cubano, las hermanas suecas que acababan de recibir una herencia, y el niño de madre boliviana y padre francés que construía extrañas casas orientales de arena blanca, del ruido de los tambores en las fiestas nocturnas en las que Maira era el centro de atención y él se quedaba sentado viéndola bailar con desconocidos, resignado a su incapacidad para mover los pies juntos al mismo tiempo, sonriéndole a extraños para demostrar que de haber querido habría guiado al éxtasis a ese cuerpo.
El hambre y la suciedad terminaron de convencerlo de que aquel no era un buen momento para trabajar. Salió de la habitación. Vio a Domínguez masticar un trozo de algo con la ayuda de un vaso de cerveza, lo saludó con un gesto y siguió de largo. Entró en el baño, se aseguró de que la puerta estuviera bien cerrada y cuando se bajó los calzones reconoció sobre su miembro un papel pegado con cinta. Lo desdobló y encontró un mensaje garabateado con mayúsculas: QUÉ GRANDE LA HAS TENIDO ESTA NOCHE, MI VIDA. CORAZON, VAMOS A VENDER MUCHOS JABONES Y A SER FELICES. Desde el primer día, cada vez que se encontraban –la duración y el espacio entre cada encuentro eran impredecibles y dependían enteramente de ella--, Maira le dejaba uno de estos mensajes, incomprensibles para él, pegados en diferentes partes del cuerpo. A la frase hermética agregaba un deseo, un cumplido dirigido sobre todo a su culo y a su cosa, e intentaban explicar su paradero o sus sentimientos. Él los había guardado casi todos entre las hojas de papel mate donde hacía sus bosquejos. Los consideraba una fuente segura de inspiración. No obstante, esta vez vivían juntos y él necesitaba saber por qué su hermanastro seguía allí, y qué era esa cosa de la felicidad que traerían unos jabones.
La falta de agua frustró sus planes de baño. Cuando volvió a la sala comedor y quiso abrir la nevera lo interrumpió la voz de Domínguez
--No te molestes, cuñado. No he tenido tiempo tampoco de pagar el agua, pero mañana voy, lo prometo. Ahora todo lo que hay que hacer es esperar al chino. –Lo voy a echar yo mismo, pensó de espaldas a Domínguez, y estaba a punto de hacerlo cuando dio la media vuelta y encontró un plato y un vaso vacíos en la esquina del mantel y, sobre la mesa, un montón de jabones de colores. Los había rosas o verdes, fluorescentes, de vainilla o canela, cilíndricos, cuadrados y en forma de pito, cada uno envuelto en plástico y con su correspondiente código de barras. Tenía tanta hambre que dejó pasar la escena hasta después de recibir el pedido de comida china y engullir el último bocado de su rollito primavera. En ese lapso decidió que lo mejor era hablar con Maira antes de pedirle explicaciones a su medio hermano. Domínguez había terminado una doble ración de arroz y pollo con verduras y con el último bocado todavía en la boca, volvió a adelantársele:
--Ah, me dijo Maira que estuvieras con la caja de jabones a más tardar a las cuatro.
Domínguez le pasó un papel con la dirección mientras terminaba con el último rollito primavera. Cogió el papel, se levantó del sillón y volvió a la habitación sin despedirse. marcó el número de Maira y cuando por fin entró la llamada tuvo que tragarse sus quejas ante una Maira cariñosa e imperativa. “Hola mi vida, ¿te gustó mi mensaje de hoy? ¿Tienes con que anotar? Es un laberinto padrísimo querido, cuando lo veas ni te lo vas a creer, es muy cachondo el lugar. Anota”. Él anotó y antes de preguntar cualquier cosa Maira le mandó un beso virtual y colgó.
Cuando volvió a la sala comedor para recoger el pedido, le preguntó a Domínguez cómo era posible que supiera lo que él mismo estaba punto de hacer.
--No lo sé, Maira siempre es así. Y siempre se sale con la suya. Yo iría contigo, pero estoy muy dolorido de un costado.
-- Eso pasa por beber sin parar.
--Es una racha, solamente ¿a ti no te ha pasado? Cuando estábamos con Marc, él manejaba la furgoneta, claro, porque era suya y…
--¿Marc?
--Sí, Marc, el que le enseñó a conducir a Maira y le regaló la furgoneta.
--¿La furgoneta es de Marc?
-- Era ¿no lo sabías? ¿De dónde crees tú que Maira iba a sacar una furgoneta?
--Sí claro, de dónde.



El laberinto resultó ser un motel. En la cabina de recepción había una mujer escuálida llena de pecas remendando una minifalda que le sonrió al verlo aparecer con la caja de jabones.
--¿Eres el novio de Maira? No me dijo que fueras tan serio. Te está esperando en la 8. Toma. –Sintió cómo la mujer le metía la llave en uno de los bolsillos del pantalón y después de agradecerle entre dientes se alejó de la cabina. Abrió la llave de la habitación y sin mucho esfuerzo puso la caja en el suelo. Había un pantalón y una blusa, bragas y medias colgadas cuidadosamente en una percha, junto a un vestido de noche. La habitación era completamente blanca y había en ella los tradicionales espejos detrás de la puerta y encima de la cama. Maira estaba escribiendo sobre una hoja de papel cuando el golpe seco de la caja en el suelo la sacó de su tarea.
--Mi vida… estaba haciendo cuentas. Esa vieja loca nos va a comprar cientos de jabones y tú vas a diseñar la envoltura.
La escena lo ablandó en apariencia. Fue arrojando la ropa al suelo, hizo una mueca de sonrisa y se lanzó sobre ella.
Cuando terminaron, vio cómo se iba quedando dormida encima de las cuentas que había hecho en una hoja de papel, los moretones y rasguños sobre la espalda.

Mientras avanzaba con el plumón sobre su cuerpo, pensaba en Marc, en el medio hermano que no se parecía en nada a ella, en todos los hombres que Maira habría conocido antes que él, en los jabones en forma de pito que fue arrojando por la ventana del taxi mientras se dirigía al motel. Le trazó un nombre en el seno izquierdo que no era el suyo. En una pierna escribió: HIJA, y en otra DE LA GRAN PUTA. Escribió MARC en los muslos y en el vientre: EL TALENTO ¿ES ESO? Ahora Maira era un graffiti bocarriba. Aseguró la puerta y arrojó la llave por la ventana antes de acostarse y quedarse dormido.
Horas más tarde, el mismo fugitivo del sueño lo despertó. Maira había logrado salir por una de las ventanas. Cuando se levantó, vio que la caja de jabones seguía intacta donde la había dejado. La abrió y sacó de ella el único jabón que había quedado a salvo y aprovechando que todas las habitaciones de los moteles tienen agua caliente, se preparó para el baño largamente pospuesto. Se restregó el jabón por todo el cuerpo sin alcanzar a ver la larga frase indeleble que empezaba en su nuca y terminaba encima de las nalgas
TALENTO, EL MÍO, CORAZÓN, QUE HABRÍA SIDO TUYO, IMBÉCIL.

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28/10/08

La hora del pastel / cuento de Iván Hernández

La zanja había sido abierta muchos años antes de que naufragara el proyecto de la Casa Nueva. Olía a fresco y a piñones, y era casi tan honda como la alberca imaginaria que mis padres planeaban construir en un espacio rodeado de pinos. Se podía bajar a ella por una escalera de hierro incrustada en las rocas. La descubrí el día en que Arturo y Raquel, mis padres, y Juan Miguel, mi hermano mayor, se opusieron por unanimidad a que tuviera mi propio cuarto en aquella casa. Un cuarto solo para ramoncito era un exceso si se consideraba la instalación de un salón de juegos, otro de baile y uno más de entrenamiento para Juan Miguel, karateca en ciernes. El Ramoncito que yo era entonces, al ver en los rostros familiares un gesto de asco e incredulidad, de rechazo abrumador, salió corriendo al bosque, como en la ciudad salía corriendo por el angosto pasillo del departamento hacia el rellano y luego abajo por las escaleras hasta abrir la puerta del edificio y avanzar de frente hasta la avenida. Por no haberme sido concedido el pago de una excursión a Reino Aventura, había dado la vuelta al parque de la colonia; por no haber conseguido un cuarto exclusivo, corrí por el bosque hasta perderme. Corría, corría siempre que veía transformarse aquellos rostros y no podía detenerme hasta que dejaba de verlos en mi cabeza. En el bosque fue distinto. El resuello me faltó a unos metros de la carretera y según me fui acercando, sentí debajo de mí la ligereza crujiente de unos cardos que me rasgaban los calcetines. Me agaché para quitarme las espinas y pude ver, a unos pasos, que entre los cardos se abría una grieta: la cortina de espinas y hierba mala ocultaba un pequeño abismo. Acostado bocabajo, pude ver entre los piñones que había regados en el suelo algunos objetos irreconocibles y a un costado, la escalera que revelaba la premeditación con que aquél espacio había sido construido. Bajé al interior apretando fuertemente los peldaños; al llegar al fondo pisé uno de los piñones y caí de espaldas. A pesar de que tenía un dolor ligero en el costado y el hombro, el miedo había desaparecido. Me sentía a salvo, aunque no sabría decir exactamente de qué. Oí a lo lejos el rumor de los automóviles y la voz cortante de mi hermano que me llamaba. Pasaron varias horas antes de que saliera. Sobra decir que al llegar a la Casa Nueva Raquel y Arturo me recibieron agotados por la preocupación. Juan Miguel me recibió con una patada en el hombro que me había lastimado, menos preocupado por mi desaparición que por mi momentánea importancia. Cuando me preguntaron donde había estado, imité una O alargada de asco con la boca y encogí los ojos. Mientras pensaba con placer en mi nuevo refugio, les contesté que en un bosque, conocido o desconocido, es casi natural perderse.
Un año después, mientras volvíamos a la ciudad en el cuatro por cuatro importado con placas todavía ilegales, y mis padres charlaban sobre la posibilidad de colocar una estatua griega en la entrada, junto a la hipotética fuente, un locutor interrumpió la cumbia para anunciar la devaluación del peso, con la misma enjundia con la que anunciaba los títulos de las canciones. Raquel y Arturo estaban tan emocionados con sus ideas que no pusieron demasiada atención al anuncio, hasta que algunas semanas más tarde, Arturo tuvo que despedir a sus comisionistas en la ferretería y varios meses después estuvo a punto de clausurar su negocio. Raquel, atemorizada por la posibilidad de volver a usar ropa de segunda, volvió al magisterio en una secundaria privada. Juan Miguel tuvo que conformarse con poner una cinta marrón nueva encima del viejo uniforme y el cuatro por cuatro fue sustituido por un sedán de dos puertas para pagar las deudas adquiridas con la casa del bosque.
Por increíble que parezca, la Casa Nueva sobrevivió al endeudamiento. Sin techos en el segundo piso, sin pintura en la fachada, sin agua en la fuente de la entrada. Las hierbas empezaron a crecer en el frente. En el patio trasero sobrevivieron las tumbonas y los fierros incrustados en yeso que tenían que hacer las veces de un asador de carne. Ni Arturo ni Raquel se amedrentaban. Cada fin de semana nos llevaban a Juan Miguel y a mí a montar allí una especie de campamento intramuros. Cargábamos con colchonetas, mantas y una hielera con whisky, coca-colas, cervezas, leche, embutidos y algunas latas de atún. Subíamos por la escalera de caracol hasta el segundo piso al aire libre, y desde allí, viendo el bosque, recordábamos con tristeza la alberca, el comedor de cedro y la televisión de cuarenta pulgadas que mi padre había prometido instalar en la sala. “No importa”, decía mi madre, “de esta saldremos tarde que temprano, porque a poco no, la vista que tenemos aquí es padrísima”. Luego se bebía un trago de whisky entre cigarro y cigarro y se abrazaba a Arturo. Arturo le apretaba las nalgas delante de nosotros como pidiéndonos que nos fuéramos a dormir para que ellos recuperaran el oasis perdido durante la semana, en la única habitación que tenía protecciones en las ventanas. Juan Miguel sudaba tanto en sus entrenamientos matutinos con vistas al campeonato nacional, junto al patio trasero, que una vez acostado empezaba a roncar como una metralleta. Y mientras él dormía y mis padres retozaban sin temor a que sus movimientos rechinaran en un colchón, yo salía por el marco de la puerta trasera, armado con una linterna y unos cacahuates, rumbo a la zanja.
Una de esas noches en que me encontraba felizmente recostado entre los piñones, como una doncella a punto de ser rescatada, escuché un crujido entre las hierbas. Escupí el cacahuate y me encogí en una esquina. Un hombre vestido con una gorra, bajó los peldaños. Llevaba algo parecido a una caja entre las manos. La depositó en el suelo y la abrió. Con la linterna sujeta entre los dientes sacó de la caja unos paquetes que escondió entre los piñones. En mi nariz pegada al suelo entraban granos de tierra, sentía ganas de orinar. Cerré los ojos dispuesto a mi captura. Escuché cómo el hombre tosía y empezaba a moverse. Para mi suerte, la zanja era tan grande como la caja de un trailer y el haz de su linterna no alcanzó a iluminarme. Luego oí cómo subía los peldaños: pensé que volvería con otra caja y esta vez sí lograría verme. Pasaron los minutos y el hombre no volvió. Al despertar me alegré de que aún siguiera en la cueva, con todos mis miembros intactos, como si fuera posible que a uno lo secuestraran y le cortaran un brazo sin sentirlo. Caminé de prisa hacia la Casa Nueva y al llegar encontré a Juan Miguel haciendo estiramientos utilizando como apoyo el malogrado asador de carne. Me vio llegar con las ropas enlodadas y las manos llenas de raspones. Me preguntó, como era de esperarse, donde había estado. Le dije que había ido de excursión y que al correr detrás de una ardilla, me había vuelto a perder. “No te escuché salir. Tú corres con las nalgas, mira cómo las traes”, replicó, al tiempo que cortaba el aire con un golpe seco de su palma izquierda y avanzaba hacia delante. Seguí de largo y entré en una de las habitaciones. Mis padres seguían dormidos. Debían haber estado enculados toda la noche y me asqueaba pensarlo. Incluso pensaba que podía oler el semen de mi padre en el aire pero en realidad se trataba del aroma que los piñones me habían dejado en las manos.
Pasé las siguientes semanas pensando en lo que había visto. Le pregunté al profesor de educación física si alguna vez había visto la acción en el ejército. Su sí fue la respuesta de un hombre ofendido y aunque yo sabía que a los pocos meses de entrar tuvo que renunciar a consecuencia de las secuelas que le habían dejado sus años como boxeador amateur, quería saber si él alguna vez había visto incautar droga. Su sí esta vez fue más sospechoso, porque ningún cadete incauta droga; la pregunta iba dirigida más al boxeador fracasado al que había visto meterse rayas en el estacionamiento de la escuela junto con otros compañeros, que al cadete efímero convertido en profesor. “Cuando es cocaína la meten en paquetes pequeños, sellados con cinta de aislar en las esquinas, para evitar cualquier fuga”, me dijo, como si él mismo hubiera sellado y luego destapado aquellos paquetes.
Me contagié de cierta paranoia. Cuando salía de la escuela y veía que algún desconocido me miraba o caminaba detrás de mí sin hacer ruido, me echaba a correr. Entraba en una papelería y me quedaba mirando. Al poco rato veía al mismo desconocido pasar con una niña de la mano. Si en el autobús alguien sospechoso se sentaba junto a mí, me bajaba antes o después de mi parada habitual y no enfilaba a casa hasta no estar seguro de que nadie me seguía. En el colmo de la sospecha, cuando mi madre cocinaba pasteles para compensar sus bajos ingresos como maestra, esperaba a que saliera al baño para oler el contenido de las bolsas de harina; un par de veces llegué a aspirar con un popote los restos de un saco que había comprado en los saldos del mercado de abastos convencida de que así le saldrían más baratos los pasteles. Cuando íbamos de campamento a la Casa Nueva, sólo iba a la zanja de día, para evitar volver a ser deslumbrado por la linterna de un matón.
En cuatro meses Arturo había engordado y Raquel todo lo contrario. Arturo se la pasaba en el bar de la esquina, sin lograr emborracharse y Raquel haciendo dietas, dizque para ahorrar. Cogían todas las noches como refugio a su pérdida de estatus, a la angustia existencial que les causaba salir de noche una vez al mes y al hecho de estar perdiendo cada vez más amigos “billetudos”. Juan Miguel se convirtió en su única salida. Para los campeonatos nacionales en San Luis Potosí, cada uno se compró ropa de marca y un uniforme nuevo para mi hermano. A mí, en cambio, me dejaron encargado con una tía, porque los gastos eran muchos “y tu hermano merece que lo apoyes, podría llegar a ser un gran atleta, es mucho esfuerzo el que está haciendo por esta familia”. Yo no veía en Juan Miguel el esfuerzo de un hijo de familia, sino la formación a cuentagotas de un sociópata. Pero allá ellos, me decía. Me guardé todo el coraje. Fui un niño ejemplar en la casa de la Tía Elena, que vivía sola en un barrio polvoriento cerca de la estación de autobuses recién remodelada. Comimos galletitas con chocolate y según avanzó la tarde me confesó sin querer que a mis padres no les faltaba tanto dinero como hacían pensar a todo mundo, era sólo que deseaban volver a “ser los de antes” y tú, me decía mientras me sobaba los brazos ”siempre has sido “un niño que no da lata”. Un niño que no da lata en mi propio lenguaje significaba mitad idiota mitad desplazado. Mi lata empezó cuando las joyas de mi madre y la colección de coches miniatura de mi padre fueron desapareciendo. Aproveche que los guardaban en una lata vacía de leche en polvo y que su avaricia la dejaría intacta por varios años con la esperanza de que al volverla a abrir su fortuna se hubiera multiplicado como por arte de magia. Los objetos robados terminaban cubiertos de harina en un paquetito sellado con cinta de aislar y una nota con nuestra dirección en la ciudad que dejaba en la zanja. Traduzco: deseaba que los matones de la droga se pusieran en contacto con mis padres para darles una lección.
Aunque mi plan era que Arturo, Raquel y Juan Miguel no se dieran cuenta de mi furia, a la vuelta de los campeonatos nacionales, en los que mi hermano obtuvo el cuarto lugar, mi hostilidad creció cada vez más en la casa y en la escuela. Me resistía a seguir las instrucciones del maestro de educación física, y cada vez que este se me acercaba para obligarme a hacer 50 sentadillas, yo subía y bajaba delante de él llamándolo yonqui el desertor. Cada vez robaba más cosas de la escuela y provocaba más riñas que mi hermano tenía que resolver. Hasta que un día mis padres hablaron con el director, y éste les dijo que era probable que todo se tratara de un típico caso de celos filiales. Mis padres comprendieron y, más avergonzados por tener en la familia a un rebelde sin motivo que preocupados por el destino del hijo “que no les daba lata”, intentaron resolver la situación organizándome una fiesta de cumpleaños en la Casa Nueva.
Mi creciente misantropía hizo que pocos niños aceptaran mi invitación. Al final sólo éramos cuatro: Juan Miguel, yo, una niña hija de madre soltera, cuya madre mandaba a cuanta fiesta era invitada y un tal Sergio, al que su propio padre apodaba Boogie el aceitoso por su aspecto prematuro de mecánico forzudo y melancólico. El resto de los invitados eran madres y padres que desconocían la situación precaria de mi familia e intentaban congraciarse con la antigua versión de los Casamayor. Montaron una especie de carpa, llevaron mesas y sillas de la cervecería Corona, mi madre hizo el pastel y mi padre compró las botellas y los vasos de plástico. El único detalle infantil de la velada fue los globos y la música de Cepillín, un payaso en retirada que aguzaba las cuerdas vocales en busca de sentimiento, de emociones para la chiquillada. Lo demás eran cubos de hielo y charlas de negocios, de asociaciones de mujeres inteligentes que mi madre recomendaba a las invitadas. Antes del pastel, en la hora del crepúsculo veraniego, mi padre anunció que había guardado cinco pequeños regalos en el bosque y que, como mi hermano y yo lo conocíamos tan bien, podríamos guiar al resto de los niños para encontrarlos. Después llegaría mi hora de regalos y sonrisas falsas. Nos dio a cada uno una linterna y nos lanzó al bosque como si de una manada recién liberada se tratara. Boogie encontró un cochecito de bomberos. La hija de la madre soltera se raspó las rodillas y le pidió a mi hermano que la llevara de vuelta a la fiesta. Juan Miguel volvió con dos bolsas de dulces (comprendimos que el coche era la tapadera de los dulces) y de vuelta a casa dijimos que no había más qué buscar. Mi padre, algo nervioso, dijo que aún faltaba el regalo más importante: una consola de Nintendo. Entonces corrimos todos, es decir, Boogie, Juan Miguel y yo, y la hija de madre soltera a la que la oportunidad de su vida le había curado los raspones. La hija de madre soltera se pegó al brazo de Juan Miguel, y Boogie me siguió a mí. A los pocos minutos estábamos ya en pleno anochecer con las linternas encendidas. Juan Miguel apareció frente a nosotros con un gesto de asco. La niña le había querido dar un beso y él la había empujado al suelo como si se trata de un adversario en combate. Boogie se ofreció a ir por ella. Mi hermano le indicó el camino con el dedo y se puso delante de mí. Yo dudaba ya de la existencia de la consola, pero le seguí el juego con tal de no quedar atrás. Corrimos casi pegados el uno al otro. En un momento Juan Miguel volvió la vista atrás alumbrándose la cara con la luz de la linterna para dejar claro que estaba a punto de dejarme rezagado. Pensé que había adivinado el lugar donde mi padre había dejado su supuesto regalo, y cuando reaccioné ya lo había perdido de vista. Unos metros más adelante sentí que algo crujía bajo mis pies y se me colaba debajo de los pantalones. Había llegado sin darme cuenta a la zona de la zanja y al instante apagué mi linterna. Mi secreto duró poco, porque al rato oí la voz quejumbrosa de Juan Miguel. Era evidente que se había caído a la zanja y tendría una pierna rota. No podía subir por su cuenta. Mi refugio había sido descubierto y mis robos estaban a punto de serlo. Volví corriendo a la fiesta. A mitad del camino me encontré con la hija de la madre soltera, que me preguntó de dónde venía tan sucio. No le respondí. Cuando llegamos a la casa nueva la niña volvió a ignorarme. Se acercó a donde estaba Boogie, y un momento después ambos, cogidos de la mano, empezaron a beber coca-cola sin gas.
Medios ebrios, medio preocupados, los adultos dejaron su bailep para seguirme, Raquel y Arturo incluidos, después de escuchar cuál era la situación. Hice como que no recordaba el camino y los tuve dando vueltas en círculo por media hora. Finalmente los llevé hasta donde se encontraba Juan Miguel. Mi padre se agachó para ver a su hijo, pero ni su linterna ni la de él, a la que se le habían acabado las baterías, funcionaban. El padre de Boogie se ofreció a subir a mi hermano. Bajé antes que él para iluminarle el camino. Juan Miguel chillaba quedo y se encontraba tan preocupado por su propio dolor que no había visto ningún paquete. Mientras lo cargaban hacia la superficie me decía “hasta que has aprendido a usar las nalgas y los pies”. Me sentía como un héroe, un héroe falso, sí, pero un héroe que al fin y al cabo había encontrado a su hermano. Arturo y Raquel no lo vieron así, o por lo menos se les olvidó mi valentía cuando supieron a su hijo a salvo. Volvimos todos a la fiesta. Una de las mujeres resultó ser enfermera y le hizo un torniquete a mi hermano, que de paso se hizo el valiente con ella. Sonó de nuevo la música de cepillín, y luego, cuando volvieron a coger la borrachera la cambiaron por las cumbias de rigor. Arturo y Raquel bailaban una pieza y luego se acercaban a Juan Miguel para preguntarle si podía con el dolor. El karateca en ciernes que un día terminaría inaugurando su academia junto a Boogie el aceitoso, negaba cualquier sensación y les decía que se fueran a bailar y ellos, prestos, lo obedecieron. Todos, menos yo, claro, se habían olvidado de la consola de Nintendo, del pastel azul y las felicitaciones. Me fui de allí, medio enfurecido, medio aliviado de que mi secreto no hubiera sido descubierto. Minutos después bajé los peldaños de la zanja esperando encontrar más paquetitos, pero sólo estaba el que yo mismo había dejado allí. Saqué los cacahuates que llevaba en el pantalón y me puse a pelarlos mientras me llegaba el olor de los piñones. Pensé que de haber tenido la oportunidad Raquel y Arturo habrían aceptado hace algún trato con los narcos para seguir construyendo su Casa Nueva, pero decidí que sólo se merecían los cimientos de su alberca y su segundo piso. De pronto vi una luz que se cernía sobre mí. El matón ha vuelto para llevarme, pensé. Un momento después la linterna se apagó y alguien bajó los peldaños. Mantuve mi propia linterna apagada para evitar ver el rostro de aquél que estaba a punto de darme muerte. Sentí que una saliva fría me cubría los labios y la frente. Era la hija de la madre soltera. ¡Feliz cumpleaños¡ me dijo. En el cielo brillaba Venus.

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